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LA CONTRADICCION DEL 2028:  LEONEL FERNÁNDEZ AFIANZADO FRENTE A PARTIDOS SIN LIDERAZGO

La reciente experiencia electoral colombiana ha dejado una lección de extraordinaria importancia para el análisis político contemporáneo: las estructuras partidarias tradicionales, por sí solas, ya no garantizan el acceso al poder. La victoria de Abelardo de la Espriella, al frente de una organización de reciente creación, ha vuelto a demostrar que en los sistemas presidenciales modernos los electores votan fundamentalmente por liderazgos y no por maquinarias. Los partidos pueden organizar, movilizar y defender votos; pero son las figuras con capacidad de representar una esperanza colectiva las que terminan conquistando las mayorías.

La conclusión adquiere una relevancia particular para la República Dominicana de cara a las elecciones de 2028. A diferencia de otras coyunturas históricas, el panorama político nacional presenta una característica singular: la existencia de un liderazgo claramente consolidado frente a organizaciones que, aunque disponen de importantes estructuras, atraviesan evidentes problemas de sucesión, identidad y articulación de liderazgos competitivos. En ese contexto, puede afirmarse que Leonel Fernández llega al próximo proceso electoral prácticamente solo frente al tablero político dominicano.

No se trata de una soledad orgánica. La Fuerza del Pueblo cuenta con una estructura nacional en expansión, con representación congresual, municipal y una sólida implantación territorial. La soledad a la que hacemos referencia es de naturaleza estratégica: entre las principales fuerzas políticas dominicanas, Leonel Fernández aparece como el único dirigente con una autoridad política plenamente consolidada, una experiencia presidencial ampliamente reconocida y una capacidad probada para encarnar una alternativa de poder.

El Partido Revolucionario Moderno posee, sin duda, la maquinaria estatal y una poderosa estructura territorial construida a partir del ejercicio gubernamental. Sin embargo, la imposibilidad constitucional de una nueva candidatura del presidente Luis Abinader abre inevitablemente una disputa por la sucesión. Ninguno de los potenciales aspirantes oficialistas ha alcanzado todavía una gravitación política equivalente a la del actual mandatario. El oficialismo dispone de estructura; lo que aún está por verse es si podrá producir un liderazgo nacional indiscutido.

La situación del Partido de la Liberación Dominicana resulta aún más compleja. Después de la salida de Leonel Fernández en 2019 y de las derrotas consecutivas sufridas desde entonces, la organización morada continúa enfrentando el desafío de reconstruir su centralidad política. La eventual insistencia en una candidatura de Gonzalo Castillo, impulsada por el expresidente Danilo Medina, podría profundizar las dificultades de una organización que, además de haber perdido parte importante de su capital electoral, se enfrenta al desafío de presentar una figura con limitaciones evidentes en materia de comunicación política y conexión emocional con el electorado. Asimismo, el partido experimenta fricciones internas debido a la ausencia de una figura que logre aglutinar un consenso similar al del pasado.

En tal sentido, Fernández se consolida como el principal líder de la oposición de cara a los comicios de 2028. Su figura representa una «experiencia probada» de gobierno que, ante los desafíos económicos actuales, es vista por un segmento importante del electorado como un activo valioso. Haber ocupado la presidencia en tres ocasiones, sumado a una vasta trayectoria de 50 años en la vida política, le garantiza un voto duro de entre el 35% y el 40%. Se proyecta como un estadista que conecta con un país que desconfía de la improvisación. Su resiliencia electoral quedó demostrada al pasar del 8.9% obtenido con la Fuerza del Pueblo en 2020 al 28.8% en 2024, posicionándose en el segundo lugar y contrastando con el desplome del PLD.

En conclusión, la política dominicana se ha vuelto «presidencialista sin presidentes»: abundan los candidatos, pero escasean los líderes. Los votantes ya no siguen proyectos institucionales, sino personas, y las figuras creíbles son pocas. En este escenario, Leonel Fernández se perfila como el único actor con la estructura mental para articular un «proyecto país», mientras que los demás partidos operan como maquinarias electorales o de empleo, carentes de doctrina y de relevos claros.

Para el 2028, la ciudadanía dominicana se enfrentará a una clara paradoja: Fernández emerge como el político con mayor capacidad y capital de liderazgo un posicionamiento capitalizado, en parte, por el desgaste en la gestión del Partido Revolucionario Moderno, en un momento donde las estructuras partidarias tradicionales se muestran más débiles que nunca. Esta tensión marcará la dinámica de la próxima elección, donde el expresidente concurrirá fuertemente afianzado por el peso de su marca propia.

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